
Como próximo hito en el desarrollo de la abstracción en Kandinsky, Jiménez reseñó el interés del artista en los descubrimientos científicos relacionados con la composición atómica de la materia. Para la nueva ciencia, la materia no era ya una “cosa dura” atestiguable mediante los sentidos, sino una compleja maraña de materia y vacío, unida por fuerzas que recién comenzaban a estudiarse. Ante la inminente fragmentación del todo del objeto, Kandinsky concentró sus esfuerzos pictóricos en visualizar la inestabilidad material e íntima del mismo, reminiscente de la predicción teosófica de la catástrofe final del mundo. Gracias a la paradójica composición del átomo como sinécdoque del mundo, Kandinsky se dio a visualizar, en sus lienzos, esa misma precariedad formal y compositiva, y a generar imágenes que deliberadamente escamoteaban la definición de la forma material o figurativa.
Un tercer hito en el proceso formativo de la abstracción en Kandinsky , según Jiménez, fue el rescate de las propuestas teóricas de Wilhelm Worringer, contenidas en su seminal texto “Abstracción y empatía”, que Kandinsky parece haber leído con suma atención. Según Worringer, la obra de arte, al repudiar la mímesis como norte del trabajo pictórico, podía verdaderamente liberarse de la compulsión de dotar el arte de “sentido” según definiciones tradicionales. La abstracción, acto de espíritu y pensamiento, se oponía al sentimiento (o sentimentalismo) que podía despertar la empatía entre un espectador y el objeto configurado miméticamente. La estructuración de una pintura, según Worringer, no debía basarse en el orden del “mundo”, sino en un orden interior —quizás la música, aunque Jiménez no entró en este interesante aspecto de la teoría de Worringer, obviamente por falta de tiempo— que potenciara, precisamente, la capacidad de lo abstracto para trascender lo literal.
Así, Jiménez detalló los tres elementos formativos del gesto abstracto de Kandinsky: la espiritualización de las formas por la vía teosófica; la incipiente física cuántica que redefinía la materia dura como una trampa engañosa llena de vacío; y la invitación a la libertad pictórica lanzada por Worringer al oponer lo empático y lo abstracto.
La muy sugerente conferencia de Jiménez me provocó (y me sigue provocando) muchas preguntas, dos de las cuales sugerí al final de la conferencia y quedaron sobre el tapete como proyectos de discusión futura:
1. Si, en el contexto teosófico, las visiones de forma, color o contenido pueden explicarse como expresiones simbólicas traducibles a lo verbal o narrativo, podría verse la abstracción como un procedimiento basado en la alegoría, modo que suele representar un relato mediante otro relato más accesible al espectador. Técnicamente hablando, la alegoría como modo narrativo o representacional, aunque recurra a la figuración, recoloca las “figuras” como parte de la enunciación de un argumento, y en esa medida jamás son miméticas (ni siquiera aunque sean “figuras”), sino abstractas. Más que una pregunta, lo que hice fue una invitación a meditar sobre el carácter inesperadamente alegórico de la abstracción, siguiendo los mismos postulados teosóficos que animaron la abstracción en Kandinsky.
2. Si, según Worringer, la abstracción se opone a la empatía, del mismo modo en que la teoría brechtiana del “teatro épico” se opone a la empatía porque entorpece el proceso de pensamiento crítico en la esfera de lo político, podríamos hablar quizás del impulso político de la abstracción, idéntico al que detecta Harold Rosenberg en su “The Tradition of the New (1959), en cuyo texto Rosenberg propone que la abstracción no es mero “action painting” (se refería a Pollock) centrado en la voluntad personalista de expresión sensacionista del artista, sino un acto de libertad formal plenamente político para zafarse de las garras de la figuración mimética, de la tiranía objeto, y de las convenciones del arte tradicional.
A estas preguntas, Jiménez propuso ideas muy valiosas y que merecen más desarrollo como expansión afín a los argumentos planteados en su conferencia: por un lado, que la abstracción, de hecho, es un acto de libertad contra la tiranía del objeto cuya complejidad demanda una gran energía de parte del artista; y que tal vez por eso mismo, los síntomas de esa ansiedad (estar ante lo vacío y lo amorfo) son, entre otros, la tendencia a usar el título de la obra como “explicación” lírica o metafórica de las imágenes que se encuentran en el espacio del cuadro, o a explicar verbalmente las obras a través de las cédulas o fichas extendidas que acompañan a la obra en el museo. Jiménez hizo la salvedad de que se refería a los artistas abstractos puertorriqueños, ya que la mayoría de la abstracción internacional carece de título o lleva títulos numerales que le asignan a cada obra un lugar en una serie. Jiménez mencionó también cómo nuestros primeros artistas abstractos en Puerto Rico (Olga Albizu, por ejemplo…) no fueron reconocidos como “pintores políticos” por su negación de la mímesis, si bien técnicamente (si seguimos las propuestas de Worringer, Brecht y Rosenberg sobre el binomio abstracción/empatía) eran claramente artistas cuyo acto político residía en buscar la libertad formal mediante la experimentación pictórica. [Sin olvidar, digo yo misma, que en 1947 la USSR decretó el “realismo socialista” como credo artístico oficial…, acto que siguieron las izquierdas latinoamericanas con gran fervor…]
La charla fue excelente, así como la breve conversación final, que por lo menos a mí me dejó deseando escuchar más de la investigación de la colega. Mis felicitaciones a Ingrid Jiménez por su generosidad al compartir sus investigaciones y sus hallazgos con el público allí reunido. Hacía tiempo que no escuchaba una charla tan clara y a la vez tan erudita, tan bien documentada, tan llena de finas intuiciones y, sobre todo, TAN estimulante. Un éxito total.
Gracias, Ingrid!!!














